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SPLEEN Y CONTRATO

En Changements dans la violence -libro del que espero publicar pronto un resumen aquí- el autor, Yves Michaud, subraya en varios pasajes como la forma contrato se ha vuelto una forma de socialidad general, una especie de matriz que se aplica no sólo en situaciones propiamente contractuales -el trabajo- sino que tiñe el conjunto de nuestras relaciones sociales -matrimonio, relaciones sentimentales y de amistad. Nada, según el autor, escapa al cálculo de los intereses que supone un contrato, ni a la caducidad anunciada del trato una vez esos intereses decaigan. Me parece razonable considerar la idea de contrato de Michaud como un desarrollo del cinismo que Georg Simmel, a comienzos del siglo XX, consideró como especifico de la vida ciudadana. Para Simmel cinismo era la capacidad de medir cualquier cosa o persona, esencialmente en términos de dinero y por lo tanto de interés.

Yves Michaud subraya también la necesaria estabilidad del marco legal que supone tal actitud y que se expresa en nuestra percepción de la obviedad de nuestros derechos. Lejos de toda idea heroica del contrato social que suponga lucha y conquista de los derechos, damos por descontado que los tenemos y que los vamos a ejercer.

Una extensión de la idea de derecho de la persona tiene que ver con lo que Michaud nombra con la palabra seguro (assurance). En francés como en castellano esta palabra tiene un sentido jurídico -el seguro que contratamos a una compañía- y uno afectivo -sentirse seguro. Y, valga la redundancia, la seguridad es uno de los seguros que damos por descontado que el estado nos debe.

Como resume Michaud, nos caracteriza "el sentido de confort y seguridad como ciudadanos protegidos, dotados de propiedades, de seguros y de derechos" (pg. 161, la traducción es mía).

Quisiera introducir un salto conceptual, alejarme de la sociología, aunque sin perderla de vista y engarzar aquí algunas reflexiones de orden más propiamente filosófico y cultural.

El individuo que mide continuamente sus derechos y sus intereses es un individuo abocado a la tristeza y al miedo. Siempre consciente de sí mismo y de su entorno, para poder efectuar sus cálculos, no puede más que medir su irremediable fragilidad. Los límites de sus cálculos son la certeza del accidente con el que hay que contar para poder evaluar el nivel de seguridad y finalmente la muerte ineludible.

La íntima relación entre cálculo y melancolía fue tempranamente detectada por poetas y escritores del siglo XIX, baste citar a Leopardi y Baudelaire. En cuanto al miedo inherente a nuestra manera de vivir, Edgar Allan Poe nos legó una panoplia de formas que no han perdido un ápice de su vigencia. Su genial intuición de los fantasmas y las violencias que, conjurados fuera del nido doméstico, volvían como pesadilla todavía conforma el grueso del catálogo de los géneros cinematográficos: terror, thriller, fantástico, etc.

La violencia, grávida de accidentes y muerte, es un límite de nuestra sociedad securitaria y como tal es portadora de una ambivalencia fundamental: es a la vez lo que está prohibido alcanzar y lo que deseamos transgredir. Tenemos una prueba inmediata de ello en nuestras pantallas, donde en las noticias se nos muestran los efectos de la violencia -guerras, asesinatos- induciéndonos a la piedad con las víctimas y al cuidado con las causas, y acto seguido, en una ficción, estamos convidados a disfrutar de los detalles más horripilantes de lo mismo.

Claudio Zulian

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